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Bulbgraph Obviamente, este artículo no es mío (no doy más que para traducirlo). Su autor es Robert X. Cringely. De hecho, no tengo ni permiso para hacer esto. La única razón por la que lo hago es porque quiero que todos puedan disfrutar con su columna semanal tanto como yo.

20 de octubre de 2006

Sun presenta el centro de datos dentro de un contenedor concebido por Google pero, ¿despegará?

Por Robert X. Cringely

El lunes comenzaron a llegar correos electrónicos de felicitación en los que más de 100 lectores me hablaban del proyecto Blackbox (caja negra) de Sun Microsystems, que consiste en la distribución de centros de datos dentro de contenedores. El anuncio oficial tuvo lugar el martes. En esencia, el proyecto Blackbox no es más que el centro de datos dentro de un contenedor de Google que describí hace aproximadamente un año, materializado como producto. Es agradable tener razón, por supuesto, pero, ¿se trata del mismo producto? Creo que sí.

En realidad, Google no necesita que Sun construya sus centros de datos móviles, eso es obvio. Pero, por otra parte, ¿por qué no? Alguien tiene que construirlos y, debido a sus características, la producción de este nuevo producto necesitará una cadena de montaje, algo en lo que quizá no se quiera meter Google. Aunque lo más probable es que Eric Schmidt, presidente y director general de Google, le esté echando una mano a su antigua empresa, en la que fue director de tecnología durante tantos años antes de irse primero a Novell y luego a Google.

Son muchos los casos en los que los clientes se construyen sus propios ordenadores y, de hecho, así nació Sun, como podrás leer a partir del siguiente párrafo. La razón por la que a Google no le importa demasiado la idea de compartir este nuevo producto con sus rivales presentes y futuros es que ni el hardware ni el contenedor es tan importante. Es el software y los datos lo que de verdad importa a Google y Sun no dispone de derechos sobre ellos. Es irónico comprobar que se trata de un giro de 180 grados con respecto a la actitud frente a la propiedad intelectual que existía cuando la propia Sun se creó.

Me encanta la historia sobre la fundación de Sun que Ralph Gorin me contó hace mucho tiempo. Ralph se encargó durante varios años de las redes de ordenadores de la Universidad de Stanford. Según él, Xerox había instalado un par de estaciones gráficas de trabajo Alto en la Casa Blanca de Carter y los agentes secretos residentes de la CIA y la NSA se percataron del hecho. Estos espías también querían estaciones de trabajo con una interfaz gráfica de usuario, así que enviaron a sus expertos informáticos a Palo Alto para comprarles algunas a Xerox PARC.

En realidad, nadie sabía lo que costaba una Alto porque esta estación de trabajo no había sido desarrollada pensando en las ventas. Se podía saber el precio de sus componentes, por supuesto, pero no había precio para el software. De manera que alguien en PARC, adivinando los beneficios de tener un cliente conocido por comprar martillos de 900 dólares e inodoros de 1.300 y por provocar de vez en cuando sus propias guerras en repúblicas bananeras, decidió golpear a los agentes federales con una gran factura: tan impactante que ni siquiera los espías se atrevieron a pagarla. Sin embargo, antes de volar de vuelta a Washington, condujeron un par de kilómetros para almorzar con Gorin en Stanford.

Allí vieron la estación de trabajo de la red de la Universidad de Stanford (S.U.N., Stanford University Network) que diseñó el estudiante de postgrado Andy Bechtolsheim. La estación de trabajo S.U.N. era la versión pobre de la Alto, equipada con una robusta versión de Unix, una interfaz gráfica de usuario, un dispositivo de almacenamiento propia, un ratón y conexión Ethernet. Y, además, el precio era adecuado; es decir, si Andy B. conseguía que alguien construyese todas las máquinas que los federales querían.

Standford, por su parte, no quería formar parte del acuerdo. Gorin no veía a la universidad en el negocio de los ordenadores. Los abogados de la universidad echaron un vistazo al interior de la estación de trabajo y su conclusión fue que SU CONTENIDO NO ESTABA SUJETO A PROPIEDAD INTELECTUAL ALGUNA. Así que le dieron permiso a Andy para que vendiese esas cajas siempre que las construyese una empresa externa sin aprovechar los recursos de la universidad.

Fíjate en el completo cambio de rumbo presente aquí. Hoy, Google no ve nada estratégico en el hardware Blackbox mientras que hace más de 20 años Stanford no vio nada estratégico en el hardware de la estación de trabajo S.U.N. y TAMPOCO en su software.

El pobre Andy nunca encontró un fabricante, aunque visitó todas y cada una de las empresas importantes de Silicon Valley, incluidas 3Com e IBM. La reunión con IBM era especialmente importante, así que Andy, que ni siquiera tenía un traje propio, pidió ayuda al Departamento de interpretación de Standford. Allí le proporcionaron uno blanco, pero como en el Departamento de interpretación no tenían zapatos de su talla, Andy tuvo que ir con sus zapatillas.

Por algún motivo, a IBM no le interesó el contrato de fabricación, así que Andy no tuvo otra opción que fundar su propia empresa para construir las cajas y así es como nació Sun Microsystems.

Más de 20 años después Andy vuelve a estar en Sun, construyendo los servidores de última generación que formarán parte de cada Blackbox. Y debe ser un mercado lucrativo: uno de esos mercados inusuales que no existían hasta que alguien (en este caso no se trata ni de Sun ni de Google sino de los chicos de Internet Archive, el archivo de Internet) pensó en él. Fueron pocos los que vieron la necesidad de tal centro de datos móviles hasta que se hizo realidad y, ahora, Sun va a vender un montón de ellos. Y, en la mayoría de los casos, sin dañar las ventas de su otro hardware, lo que significa que el nuevo cachivache es un buen negocio.

La belleza de un centro de datos en un contenedor no es sólo que funcione independientemente ni que pueda dejarse caer en el aparcamiento de un centro de datos ya existente, ni siquiera que un helicóptero pueda dejar uno en el tejado de la central de tu empresa. Una gran parte de su belleza reside en la eficacia del contenedor, no como servidor sino como red. Se trata de la mayor red pedestre jamás construida. Trasladar un petabyte de datos a través del país mediante la más veloz de las conexiones de fibra óptica podría llevar semanas, mientras que una Blackbox puede instalarse en un par de días.

Aquellas empresas con enormes centros de datos se beneficiarán del proyecto Blackbox como las escuelas de distrito lo hacen de las aulas portátiles: habilitando nuevas cuando la necesidad de potencia de cálculo lo requiera. Aunque, inicialmente, su naturaleza pueda ser temporal, es muy posible que acabe siendo permanente, al menos en términos de años de cálculo. Sun tiene grandes esperanzas depositadas en que los grandes clientes se queden con una o dos Blackbox por si acaso las necesitasen. Por 2 millones de dólares por contenedor un par de cientos de unidades de repuesto podrían suponer un buen dinero para Sun, algo que le vendría muy bien.

También verás como surgen nuevos negocios alrededor de Blackbox, como su alquiler. Y, por supuesto, veremos a otros fabricantes construirlas (además de Sun). Después de todo, no verás en su interior nada sujeto a leyes de propiedad intelectual, por lo que a Sun le será difícil reclamar una exclusiva.

Pero creo que Google y Sun han cometido un error: utilizar esos contenedores en concreto. Un rival con suficiente inteligencia que quiera competir con Sun (y creo que será Google) sólo tendría que conseguir poner en funcionamiento un equivalente de Blackbox que, en lugar de encajar en un contenedor, lo haga en un carguero aéreo o en una unidad de carga (ULD, Unit Load Device). El segundo más grande de estos últimos es el LD8, capaz de albergar unos 75 metros cúbicos, aproximadamente una cuarta parte del Blackbox de Sun. A pesar de ello, sigue siendo posible llenar un LD8 con mil procesadores Opteron y medio petabyte de capacidad de almacenamiento con mucha facilidad. En lugar de transportar estos datos por mar a menos de 20 kilómetros por hora o por tierra a menos de 100, se podría transportar por aire a casi mil kilómetros por hora.

No es sorprendente que el GoogleJet de Page y Brin, un Boeing 767-200, pueda albergar siete LD8, lo que lo convierte en el dispositivo de red más rápido jamás construido.

Cifras.

Original: http://www.pbs.org/cringely/pulpit/pulpit20061020.html

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